De seguro habrán advertido los lectores de La Yema del Gusto que me convocan sobremanera las reflexiones en torno al tema pisquero y su cultura viva. Las más veces esta editorial está dedicada a ello y ahora no será la excepción, puesto que en las últimas jornadas y encuentros –virtuales algunos– con amigos que comparten conmigo las mismas inquietudes, se han clarificado algunos conceptos que, con toda seguridad, pondrán la agenda en lo que a la correcta difusión del espirituoso peruano se refiere.
Se puede creer que fue nada más que una anécdota, el malestar fugaz que sigue a una noche demasiado alegre, la subsiguiente mala conciencia y la promesa del "nunca más, lo juro" que todo mal bebedor se hace a sí mismo. Pero en boca de un celebrity, la declaración "no quiero volver a ver un pisco sour, créame" resulta la peor prensa que puede tener el famoso cóctel peruano y, para mal de males, el pisco en general. Lo dijo Phil Cunningham, guitarrista de New Order, en su reciente visita al Perú.
Leyendas periodísticas y literarias atribuyen un empate, cuanto menos, entre Alfredo Bryce y Orson Welles a la hora de empinar pisco sours. Uno en el Bar Inglés del Country Club cuando presentó “Tantas veces Pedro”, allá por los años setenta; otro, en los días gloriosos del desaparecido bar homólogo del hotel Bolívar, hoy convertido en un KFC. Pero si bien estos célebres portentos del temple bebedor hablan de la fervorosa dilección de celebridades locales y extranjeras de todos los tiempos por el famoso cóctel, también presagian el rumbo poco saludable que tomó luego su cultura de difusión, centrada en un consumo poco o nada discriminado.
El chilcano de pisco vive un gran momento y por eso mismo es oportuno establecer definiciones categóricas que le aseguren un posicionamiento apropiado a sus cualidades, a su historia y a su destino como mejor embajador del pisco, pues el propio entusiasmo que ha generado su puesta en valor a partir de la creación de la Semana del Chilcano amenaza con desbordarse en varios frentes bajo amenaza de desnaturalizarlo. Una expresión elocuente de esos peligros es el lanzamiento del denominado “Chilcano Solera”, al alimón entre ron Cartavio y la ginger ale Schweppes.
El 2012 que acaba de partir fue un año de buenas noticias para el pisco. No haremos recuento de todas, pero recordamos principalmente la consolidación de su presencia en el exterior, no solo con mejores reportes de exportaciones –Adex pronosticaba un crecimiento de al menos el treinta y cinco por ciento–, sino también con un esfuerzo de promoción más decidido por parte del Estado, como demostró la gira realizada por Promperú por diversas ciudades europeas. El 2013 empieza también con augurios positivos, entre los que debemos destacar el compromiso con la calidad que se ha propuesto este año una de las celebraciones pisqueras más esperadas: la Semana del Chilcano.
Escribe Manuel Cadenas Mujica El sur grande del Perú ha sido siempre tierra pisquera. Quizás –los historiadores nos desasnarán al respecto– el término “pisco” no haya estado propiamente en el vocabulario cotidiano para referirse a nuestro espirituoso en razón de su lejanía de las tierras iqueñas, pero la hechura y las costumbres pisqueras forman parte del legado cultural del Perú pos colombino, colonial y republicano. No se puede ignorar, por ejemplo, el podio estelar que correspondió en volumen y calidad a los piscos y vinos moqueguanos y vitoreños cuando el Perú era el más importante polo vitivinícola de América del Sur, en los días virreinales. Por eso, tampoco puede soslayarse el papel en la producción de vinos y piscos que ha correspondido a la heroica Tacna, que hoy con justicia será sede descentralizada del Concurso Nacional del Pisco, este dos, tres y cuatro de noviembre.
Escribe Manuel Cadenas Mujica Con casi la misma pasión que con la historia del pisco, los historiadores han ido escudriñando en las fuentes documentales en pos de referencias que permitan establecer una fecha cierta para el origen del pisco sour, el cóctel emblemático del espirituoso peruano cuyo día se celebra el primer sábado de febrero. Hasta no hace más de cinco años, las versiones que se tejían cabalgaban entre la historia, la fábula y la leyenda urbana, amparadas en testimonios de diverso calibre, desde la memoria no siempre confiable del enciclopédico Luis Alberto Sánchez hasta posibles referencias coloniales de elíxires que podrían haber sido un lejano antecedente del pisco sour, como aquella “agua de nieves” de las corridas taurinas virreinales, pasando además por los retazos de entrevistas a legendarios bartenders que laboraron por décadas en templos pisqueros como los hoteles Bolívar o Maury. De todo ello surgió una nebulosa teoría que hacía al pisco sour naciendo entre las barras de estos dos hoteles.
Escribe Manuel Cadenas Mujica Basta dar un paseo por Google y la información de la red, los diarios, revistas y la televisión, para advertir que en lo que va del último año, las noticias acerca del espirituoso peruano han ido entrando en un reposo que –a diferencia de lo que sucede con la bebida de bandera, cuyas características organolépticas suelen ponerse en punto cuando se toma un descanso– no lo favorece para nada. Tanto más cuando se observa que al sur, la industria del espirituoso chileno cobra vigor tanto en lo que respecta al establecimiento cada vez más sólido de una categoría premium como en el impulso de políticas coherentes y agresivas para la promoción internacional de lo que ellos llaman “pisco”.
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