Ponerse a favor o en contra de un tema es, a veces, un ejercicio por demás irracional, en que priman los sentimientos antes que la fría reflexión. Como se puede comprobar, por ejemplo, en las lides electorales, los “anti” y los “pro” circulan muchas veces sin argumentos suficientes y establecen fundamentalismos que valdría la pena revisar con la cabeza hundida en hielo antes de lanzar un veredicto o inmolarse por una causa. Es lo que ocurre con el tema de los productos transgénicos.
Resultaría mezquino que por atender la crítica del español Carlos Maribona a los premios Pellegrinno, se le reste mérito alguno a la inclusión de Astrid & Gastón entre los top 50 de la restauración mundial. Aunque las objeciones que este crítico español realiza no son deleznables (ya nos detendremos en ellas), sin embargo, nada perturba el reconocimiento que significa al auge gastronómico peruano encabezado por el chef nacional. Marketeros o no estos premios, gozan de fama internacional, marcan un antes y un después para cualquier restaurante, y sin duda ubican a los mejores del mundo en sus filas. Hecha la salvedad, atendamos lo que Maribona objeta, porque es importante.
Escribe Manuel Cadenas Mujica Ahora que ya tenemos un Consejo Regulador del Pisco, que es nuestra bebida de bandera, cabe apoderarse de los buenos ejemplos que nos circundan en lo que respecta a la difusión nacional e internacional de esta clase de productos. Uno de ellos está ante nuestras narices, y por varias razones tiene varios puntos en común con el caso peruano: la difusión del vino argentino, que en estos días celebra su Día Mundial del Malbec.
La noticia no ha tenido toda la resonancia que se merece. El jueves pasado, en acto público, Indecopi hizo entrega al presidente de los productores pisqueros limeños y flamante presidente del Consejo Regulador del Pisco, Jaime Marimón Pizarro, de la autorización para encargarse de esas funciones, delegadas por el Estado, quien a su vez custodia a nombre de todos los peruanos la denominación de origen pisco. Es decir, hoy ya no será Indecopi, sino este flamante consejo regulador, quien velará por los destinos del espirituoso nacional, legado cultural que nos pertenece a todos. Veamos cuáles son las tareas pendientes al respecto.
Todo el país vive la fiebre del pisco sour. Después de casi una década de celebrarlo, difícilmente se podrá desterrar del imaginario colectivo la asociación pisco sour-peruanidad. Se hincha el pecho cuando se piensa en este cóctel. Se inflama la ira cuando alguien se atreve a compararlo con la bebida chilena que adopta el mismo nombre. Se refuta a viva voz cualquier atrevido comentario que ponga en tela de juicio su rol como embajador ante el mundo. Pero, ¿qué tanto se sabe realmente acerca del pisco sour y del papel que por naturaleza le corresponde en el concierto pisquero? Los datos de la realidad nos indican que es poco o nada. Veamos por qué.
Sigue creciendo la feria gastronómica más importante de América Latina. Lima Mistura 2011 –que así se llamará ahora– ha anunciado once días de sabor (a tono con el año), de porrazo cinco más que el 2010, para que nadie quede con las ganas o se queje de apocamiento. Visto desde una perspectiva prosaica, puede parecer una noticia más para los titulares diarios. Pero si se considerase por un momento lo que eso significa en un país que hasta no hace más de veinte años se debatía entre la crisis económica y el terror, entre la corrupción y la muerte, podríamos los peruanos aprender lecciones que no olvidaremos jamás.
El primer recuerdo que tengo de un chilcano viene de mi padre… Años setenta, no se bebía otra cosa en la casa. El viejo era chilcanero. Años después, en los días ochenteros del rock y la música, nos tocó un manager inolvidable que prodigaba chilcanos a quien lo visitara. Aníbal Mosqueira eran un chilcanero acérrimo y despertó en nosotros esa predilección dormida por el tradicional trago pisquero. Desde entonces, en la universidad, con los amigos, en la adrenalínica vivencia de los periódicos y las salas de redacción, siempre un chilcano acompañó las tertulias y los buenos momentos (los amargos también, para qué negarlo).
No soy chef, sólo un modesto escritor y periodista, así que no pretenderé aquí darme la parte con algún género de la nouvelle cuisine, tampoco con las filigranas de la cocina molecular, y mucho menos desarrollar alambicados conceptos de fusión entre alguna de las culinarias nacionales y cualquier tendencia de la gastronomía mundial. Mi receta navideña es mucho más simple, los ingredientes pueden estar a la mano de tan sólo desearlo y no hay ser humano que pueda declararse no apto para intentarla y que le salga de rechupete.
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