Chilcano de pisco y butifarra: matrimonio para toda la vida

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Soledad Marroquín M.

Los peruanos gozamos de un buen paladar y hemos estado disfrutando maridajes casi de manera natural  toda la vida. No me cansaré de decirlo. Otra prueba irrefutable de ello es el matrimonio indiscutible del chilcano con la butifarra.  ¡Qué experiencia más deliciosa! Ambos tienen todo para ser el matrimonio perfecto y para toda la vida.

 

El chilcano es fresco, alegre y amigable.  La receta original es con gotas de jugo de limón y jarabe de goma, respetable gusto de la mayoría pero me quedo con el estilo iqueño que aprendí de mi amigo Victor Santhome y con pisco moscatel, italia o torontel. Sin más dulce que el que aporta el Ginger ale  y un twist de cáscara de limón en vez de jugo. Se siente más seco y por ello abre mejor el apetito.

Es el mejor compañero de la apetecible butifarra. Según el Larousse de la gastronomía peruana, la butifarra es uno de los sánguches más populares y se mantiene en las mesas de bares y tabernas a través de los años. En la sencillez de su preparación, encontramos otra afinidad con el chilcano.  En un buen pan francés o roseta, se colocarán tiernas tajadas de jamón del país sobre una cama de fresca lechuga, para coronar la carne, una buen porción de salsa criolla, recién preparada, con su ajicito más. ¡La gloria!

Según los expertos de la Antigua Taberna Queirolo de Pueblo Libre, el jamón del país sale mucho más rico si se e prepara con la pierna de la cerda quien además debe estar soltera.

La acidez sutil del chilcano se casará con el de la salsa criolla que lleva la butifarra y enfrentará, en alianza con la frescura de la bebida y sin miedo, el picor del ají.  Allí el gran punto de encuentro y armonía de sabores de este gran y noble chilcano con la irresistible butifarra.