Hacer periodismo, en cualquier campo, es abordar la noticia. La noticia es cualquier hecho –importante o no– que puede resultar interesante para un cierto público. Digo “importante o no” porque hay noticias banales y noticias trascendentes, pero todas son noticias al fin, y dependerá de cada línea editorial –que toma en cuenta tanto su propio interés como el de su lector objetivo– elegir a qué tipo de noticia se le da más cobertura. Por ejemplo, a algunas publicaciones y sus respectivos lectores les interesará más lo que coman en Mistura los protagonistas de Esto es Guerra; para otras y sus respectivos lectores, será más interesante lo que cocine el chef mexicano Emilio Macías.

 


Dijimos “abordar la noticia” en vez de informar porque si bien siempre que tratemos sobre algún tema estaremos de alguna manera informando, hay tres formas de abordar periodísticamente una noticia: informando, interpretando y opinando, y las tres darán a luz los tres grandes géneros periodísticos, informativo, interpretativo y de opinión. El informativo aborda la noticia aportando los datos básicos: qué ocurrió, quién o quiénes son los protagonistas de la historia, cómo sucedió, cuándo y dónde. El interpretativo aporta una información más: por qué ocurrió lo que ocurrió, lo que lleva a que el periodista consiga (investigue) más datos  que contextualicen el hecho y permitan al lector sacar sus propias conclusiones, tener todos los elementos de juicio para realizar su opinión.

Lo que escribió nuestra editora Mary Sáenz (y también hace un año Gonzalo Pajares sobre Mistura) es un ejercicio del periodismo de opinión. Mientras en el periodismo informativo se evita hablar en primera persona y se debe procurar ser objetivo, y en el periodismo interpretativo se puede usar la primera persona y hay una cierta dosis de subjetividad inevitable (el periodista aporta analogías, ejemplos, conocimiento y experiencia propia, entre otros elementos), en el periodismo de opinión, la opción de ser objetivo no existe: opinar es por esencia un ejercicio de subjetividad, por lo tanto deberá ser polémico (si no lo es, ha fracasado). Sí, en cambio, es una obligación para el opinador tener argumentos lo suficientemente sólidos y legítimos como para convencer a un grupo de sus lectores.

Quien opina, claro está, debe asumir que cuanto escribe estará sujeto también a la opinión en contra. Quien opina no puede esperar ser una pera en dulce para todos. Entiendo que ni Ignacio Medina ni Mary Sáenz ni Gonzalo Pajares esperan que sus críticas a Mistura –las tres sostenidas sobre perspectivas distintas– sean bienvenidas en todos los predios, mucho menos entre la organización de la feria o sus amigos más o menos declarados. Pero es de esperar que quienes se sienten incómodos con lo que afirman sepan elaborar sus razonamientos con la misma altura sin recurrir a argumentos ilegítimos como pueden ser, por ejemplo, la nacionalidad de quien escribe, o la oportunidad o conveniencia de hacerlo.

Hace rato que vengo diciendo que en materia gastronómica, los peruanos nos hemos vuelto algo ombliguistas. Vale decir, que a fuerza de aprender a querernos, nos hemos pasado un poco de la raya y admitimos poca o ninguna opinión que –creemos– cuestiona la calidad de nuestra propuesta o nuestra identidad culinaria. Incluso, nos cuesta aceptar y probar las propuestas ajenas sin necesidad de compararlas, cuando se sabe o se acepta que toda comparación es odiosa. Por eso, en temas tan sensibles como nuestra comida o nuestro pisco, nos surge la tendencia de sentirnos amenazados cuando alguien del exterior hace algún señalamiento cuestionador. Y entonces aparecen frases que cuestionan la nacionalidad de quien ha realizado la crítica, en este caso el español Ignacio Medina.

Peor aún si hablamos de la conveniencia, como cuando se argumenta que “los trapos sucios se lavan en casa”. ¿No es acaso invitar a que se barra bajo la alfombra, una validación de la cultura de la apariencia, el espíritu de cuerpo –nacional– que se impone al espíritu de excelencia y que empuja hacia la mediocridad? Lo cual, por demás, es en vano, porque el público nacional y extranjero no es tan ingenuo como se piensa ni se deja vender gato por liebre. Bien dice el adagio bíblico que “no hay nada oculto que no vaya a saberse”, que “más vale reprensión manifiesta que amor oculto” y que “fieles son las heridas del que ama”. Las críticas cuando tienen bases sólidas, e incluso las que no, tiemplan el carácter, afinan la personalidad, permiten ver aquello que la vanidad no deja, para corregirlo.

Hacemos mal los peruanos, y peor los organizadores de Mistura y sus amigos, cuando nos ponemos demasiado susceptibles con las críticas propias y ajenas. Al contrario: quien más se puede beneficiar de las opiniones adversas es el propio criticado. Pero hacemos peor cuando respondemos desbordada, intolerantemente, echando mano de argumentos deleznables como los que apelan a la xenofobia. Otra cosa es mencionar incoherencias en el discurso o rebatir la data con mejor data. Porque además, valgan verdades –y en esto hay que calibrar la comprensión de lectura– nadie de los aludidos ha criticado la cocina peruana propiamente dicha (¡quién podría hacerlo sin un poco de tozudez!), ni siquiera la producción u organización de la feria, sino la conducción que no se condice con el discurso.

Y claro, cualquiera puede disentir de lo que he dicho, aunque ya saben: lo que no podrán hacer es cuestionar por qué este peruano viene a hablar sobre peruanos… o españoles.