Fiebre panetón

0
454

Escribe Paola Miglio

Hoy toca hablar de panetón. Sí, porque el otro día fui a comprar mis alimentos del mes y el supermercado estaba tapizado de marcas varias, así que me llegó la inspiración y a pesar de ser aún noviembre se me desató el antojo. Y es que todas las pre navidades en la casa familiar se come panetón. No uno. Casi una docena. Desaparece en un día. Se abre la bolsa en la mañana y a las seis no queda nada. Incluso, y a pesar de que suene a chanchada, se le piñizca cual quequito, ni siquiera hay oportunidad  de tostarlo con mantequilla en el horno.

Pero descubrir el panetón perfecto no fue tarea fácil. Pasamos por marcas de lujo, encajonadas, enlatadas y demaeses. Probamos italianos gourmet rellenos de gianduia, que la verdad no son panetón, sino una masa esponjosa con harta crema dentro y cubierta de chocolate (no es el espíritu). Otros espolvoreados de azúcar y otros bañados de mazapán.

Incluso una vez mi mamá se aventuró con sus panetones hechos en casa, vieja receta de la nonna, hermana de mi abuela. Se pasó un par de días amasando, dorando papel cebolla para los pirotines y horneando. Pero cuando vio que no superaban la valla del molde ni se elevaban como en las propagandas, claudicó. No sabían mal, pero eran casi tamaño cupcake (valga la exageración). Después de tanto intento, siempre regresábamos a ese de 13 soles, al que nadie le daba bola o que te regalaban de relleno en una canasta. Así que lo adoptamos como definitivo: masa acolchonada, fresca, llena de pasas y de inevitables frutas (me deshago de ellas porque me interrumpen el gozo; mi perro Lucas, un labrador dulcero, se las come todas). Y así, en este ritual compartido de tragonería, somos todos felices en mi familia.

Lo único que caló hondo en la familia, y con lo que el protagonismo del panetón tradicional se vio amenazado, fue el panetón de queso. Mi mamá, frustrada por su apachurrado intento, recuperó otra receta de la nonna, un maravilloso menjunje que no necesitaba levadura, alargado en forma de tacu tacu,  preparado con queso cabaña y frutas secas: pasas, nueces, pecanas, avellanas… Compacto, húmedo, coronado por una gruesa y colorida cobertura de azúcar impalpable y limón.

La primera vez que lo preparó el resultado fue tan exitoso que no lo quiso volver a hacer más, a pesar de ruegos, llantos, úplicas y hasta chantajes emocionales y amenazas inocentes (y otras no tanto). Nos decía que sí todo noviembre, y de pronto en diciembre aparecían latas y latas de galletas de avena y nos empachaba para que no reclamemos. Nunca le importó tan poco un antojo nuestro. Pero los años pasan, y parece que este se quiere reivindicar. Estamos noviembre. No me la creo hasta verlos salir del horno, calentitos, familiares, con olor a casa y sabor a mamá. Tengo esperanza y el chocolate de taza comprado. Porque a pesar del calor, el pavo, las ensaladas y purés, mi Noche Buena sin panetón y chocolate no es Noche Buena. El 25 en la mañana, no saben igual.