La “chelacooltura” placentera y algo confusa

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Aparecieron sin aviso, con cierto vejo de clandestinidad que las hacía más atractivas. De repente se empezaron a colar en reuniones y entre amantes de la buena mesa botellas de 0.75ml con etiquetas de diseños no comerciales, con nombres graciosos, ingeniosos o exóticos que llevaban impresas palabras poco conocidas para la mayoría como ipa, ale, pale ale, porter, stout, blond.  Al servirlas sin lugar a dudas, se trataba de cerveza pero con colores, densidades y aromas nuevos, muy distintos a los acostumbrados.

 

 

La cerveza es tan o más antigua que el vino, incluso hay investigaciones que la ubican previa al pan, y es la bebida alcohólica más consumida del mundo. Un dato interesante es que en casi todos los países de produce y algunos son famosos por dedicación al tema como Inglaterra, Alemania, Belgica y a ahora  República Checa. Entonces, cómo explicarse esta nueva ola de popularidad entre los consumidores de un mundo, donde más que nunca el tema de la gastronomía está en el tapete. 

Los home brewers  han existido desde siempre, porque la cerveza dentro de todo es una bebida relativamente sencilla, solo exige agua, cereal, lúpulo y paciencia. Pero desde hace años, se extendió el interés de hacer chelas o birras caseras, de retomar variedades confinadas a la producción de pocos artesanos. 

Ciertamente, la producción industrial de cervezas es una de las empresas más rentables, que ajustaron sus fórmulas a gustos locales, pero si se revisan con cierto cuidadp se enfocaron en las producción de líquidos filtrados, en una limitada variedad en la mayoría de los casos, al punto, que en algunos países no exploran su riqueza de sabor y variedad, limitándose a calificaciones como más o menos amargas, negras u oscuras, incluso las llamadas «ligeras o light». Las confinan en la mayoría de los casos a campañas masivas, que buscaban la diversión dentro de los ámbitos de la fiesta, el deporte, el compartir con los amigos y hasta el sexo. 


Pero también en las últimas dos décadas se ha vivido una de las revoluciones más interesantes de la gastronomía, tal como expresa el argentino Martín Caparrós en su reciente artículo en el país «
Hemos hecho del acto de comer el centro de nuestras vidas…». Y justo en ese espacio la cerveza encontró un nicho de consumidores que buscan nuevas emociones al paladar, que se entusiasman con sabores, tendencias y maneras de armonizar la comida. 

Al unísono

boom artesanal sucedió al unísono, parece que nadie se puso de acuerdo para llegar a la misma hora y al mismo lugar. Sí, los movimientos de cervezas artesanales aparecieron casi al mismo tiempo en España, Italia,  Venezuela, Perú, México, Guatemala, Colombia, Brasil, Chile – donde por cierto se lleva a cabo la copa Americana – entre otros países. 

Lo más interesante es que el perfil del cervecero artesanal es similar en todos lados. En su mayoría, son hombres apasionados, muy inteligentes que vienen de otras profesiones, increíblemente dedicados, que empezaron por ensayo y error,  aprendieron rápidamente hasta lograr productos de calidad, que además como hay tantos tipos de cervezas y la bebida admite tantas variables logran especializarse en variedades similares a su personalidad y manera de ver la vida.

Sí, transpiran anticultura y lucha contra el estatus y espacio de las industriales, pero terminaron ganando terrenos abandonados ávidos de alternativas. Parece que las cervezas les contamina el pensamiento, les obsesiona ganas, tal como me confesó una vez un cervecero profesor de antropología en la Universidad Central de Venezuela, «cuando estoy dando clases solo pienso, por qué no estoy haciendo birras. ¿Qué hago aquí?». 

Tal vez eso explica por qué encontraron acogida rápida entre los amantes de la buena mesa, un producto elaborado con pasión no pasa indiferente, en especial en un ámbito que cultiva el hedonismo. Porque las cervezas artesanales abrieron espacios sabrosos, divertidos, relativamente informales, fáciles de armonizar y más económicos. 

Las birras artesanales no son un producto masivo, ni popular, incluso está muy por encima del coso de las industriales que tienen otros objetivos y ocasiones de consumo.  Al punto que parece que ambos lados entendieron que pueden convivir justos porque uno no le resta mercado al otro. 


¡Cuidado, no perder de vista!

 

Esto me recuerda un poco el caso de los vinos franceses, siempre he pensado que quien sabe de ellos  tiene la capacidad de entender la gran complejidad,  por eso los conocedores eran vistos con admiración. Tanto que al mundo del vino se le percibió complicado por muchos años – todavía queda mucho de eso – hasta que se simplificó el mercado con la aparición de los «varietales». Entonces ahora la gente habla de preferencias por cepas específicas como merlot, sauvignon blanc, pinot noir, cabernet sauvignon, entre otros y hasta logran cercar un país de origen. Ciertamente, eso hace que se caiga en toda suerte de simplicidades y se obvien detalles importantes pero ganó la cultura del vino. 

Tal vez el vino le ofrece a las cervezas un espejo interesante y puntos de reflexión en este momento. Me atrevo a decir, que salvo círculos bastante limitados de consumidores, la mayoría no tiene claro la diferencia entre los diversos tipos de  ale,  ipas, stouts, hefeweizen entre las cientos de variedades.

Y encima la oferta, complica las cosas añadiendo toda suerte de saborizantes, que para un conocedor puede resultar estimulante, pero que para el consumidor promedio es algo confuso. 

Hay que tener cuidado, porque hay crear paladares para las nuevas variedades de birras, que sean capaces de captar las diferencias, y empezar por lo básico o por lo menos no abandonarlo o dejarlo de lado es importante.

Indudablemente, esta es una tendencia que crece donde parte de su encanto es que cada quien hace lo que cree que es mejor según su gusto. Pero no estaría mal en ningún caso siempre tener presente lo elemental.