Muero por el chocolate

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Escribe Paola Miglio

Para equilibrar el sabor que me dejó la vainilla, me mando esta vez con el chocolate. Porque hablar de él reconforta, calienta y despierta en un día frío que cala los huesos. Mi primer recuerdo (sí, allá vamos) es de hace años luz, de cuando era enana y mi abuelo Armando entraba a mi cuarto con el biberón de Milo caliente (antes no se cuidaba tanto la alimentación de los bebés, se les daba punche no más y así crecían, sanos igual, pero más gorditos y adictos a sabores que debieron descubrir de más grandes). Debo haber tenido tres años.

 

El aroma era intenso, cálido, amigo. Y mi abuelo más. Luego vinieron los grandes conos sorpresa de cartón (algo así como los que regalaban en Nubeluz, pero con menos brillos, eran los ochenta) rellenos de Juguete de Mota; los amelcochados Sorrentos y Winter con pasas (que nunca fueron chocolate, pero sabían a…); los que se traían cuando alguien viajaba y eran casi un trofeo de guerra; las tiernas tortas cumpleañeras de mi mamá y mi tía Inés… y el asma brutal que me impidió hartarme y ponerme como una bola.

La enfermedad me aguantó pero no me detuvo. En aquella década mi tía Adelita hacía buffets de los importantes y daba clases de repostería a las señoronas que no tenían a dónde ir en las tardes. Me veo caminando por la calle Colón de Miraflores de la mano de mi abuelita Inés, con una sonrisa feliz estampada en la cara porque me iba a despachar todo lo que sobraba de la clase. Mi tía, alemana medida, me invita uno o dos bombones. Mi primo el Gordo, peruano desmesurado, me infiltra en la cocina y secuestramos el congelador: tesoro de helados, fondant y coberturas exquisitas de miles de colores, salvajes, deliciosas. Mientras, mi abuela grita nombre, me busca. Yo lo escucho lejano, imperceptible, absorbida por el dulce.

Digamos entonces que mi vida, de cierta manera, ha estado invadida por el chocolate. Llevo la marca en un par de queridos michelines que ahí se quedarán porque no voy a renunciar. El tiempo me fue moldeando el gusto y afinando la selección. Mi tía Adelita marcó mi paladar y me hizo distinguir los bombones truchos de los artesanales, aunque debo confesar que cuando ando con antojo me como cualquier cosa que diga chocolate en la envoltura. Mi papá reventó una y mil veces mi dieta a punta de Toblerone (el mejor en barra), la antigua Baguette me condujo al cielo con su desaparecida torta Sacher (mi favorita hasta hoy) y la Nutella me guió al Paraíso. Diego Arispe me inició en el romance del chocolate con naranja (que va a ser eterno) en un cálido día de verano en Madrid; La Continental marcó mis navidades con su tableta para taza; La Bodeguita Belga me hizo descubrir que siempre hay lugar para más torta y brownies en mi buzón (gracias chicos); y, hace poco, mi querida Giovanna Maggiolo me casó con uno de los más espectaculares cacaos del mundo, el Fortunato 4: desconcertante, sorprendente, juguetón, una fiesta infantil en la boca… una canción de los Flaming Lips (Do You Realize?). Con él me quedo. Fiel, hasta que me muera.

PD. La trufa de frutos del bosque de Giovanna Maggiolo es adictiva: como un primer beso de los de película. Y su bombón de sal de Maras y toffee es todo un revolcón. Recomendados para levantar el ánimo en un día gris