Por resolución del Ministerio de Agricultura, cada cuarto viernes de agosto se celebra el Día del Café Peruano, como una forma de revalorizarlo y conocerlo, tanto por su alta calidad como por su impacto en la cadena productiva. Pero esta vez, no hay mucho que festejar.

Podríamos hablar de las cifras de empleo que generaba la industria cafetalera o de las bien merecidas dos denominaciones de origen (Villa Rica y MachuPicchu-Huadquiña), pero este año, pese a los esfuerzos del Gobierno por no mencionarlo, es necesario hablar de cómo la crisis sanitaria ha golpeado la caficultura, que ya venía arrastrando problemas desde aproximadamente 2013.

Hasta el año pasado, en este día se realizaban ferias y activaciones, siendo una de las más grandes el ExpoCafé, organizada por justamente la Junta Nacional del Café y la Cámara Peruana del Café y el Cacao, un esfuerzo que permitía poner en vitrina el trabajo y los avances, sobre todo, de pequeños agricultores, así como incentivar el consumo interno.

Pero entre los datos recientemente compartidos en la página web de la Junta Nacional del Café, una que preocupa es el aproximadamente 30 por ciento de caficultores que pensaba abandonar las plantaciones de café en busca de cultuvos más redituables, como la coca o el banano.

Una de las razones de mayor peso es que ya los productores venían arrastrando pérdidas debido a que, durante los últimos cinco años, los precios que se pagan al productor (aproximadamente entre 5,40 y 5,90 el kilo de café en pergamino o grano sin tostar) se encontraban por debajo de los costos de producción, establecidos por consenso en 8,50 soles el kilo de café en pergamino.

A este punto del abandono del café, la data del “Perfil productivo y competitivo del café”, publicada en el portal del Ministerio de Agricultura y Riego, confirma lo dicho por la presidencia de la JNC sobre la caída de las cosechas: en 2018, el total de hectáreas cosechadas era de poco más de 436 000, mientras que en 2019 fue de tan solo 84 000.

Por si fuera poco, y dado que la cosecha de café –que se concentra entre marzo y julio– coincidió con la cuarentena y la extensión del estado de emergencia, el 20 por ciento de producción se perdería.

Podríamos hablar de las cifras de empleo que generaba la industria cafetalera o de las bien merecidas dos denominacionas de origen (Villa Rica y MachuPicchu-Huadquiña), pero este año es más que necesario enfatizar en que el apreciado café peruano atraviesa una grave crisis que podría terminar por desaparecer nuestros cultivos especiales, orgánicos e incluso los que cuentan con denominación de origen, ya que los agricultores se encuentran imposibilitados de cubrir siquiera sus costos de producción, acceder a facilidades de pago de las deudas que asumieron ante Agrobanco; además de que el bono agrario promovido por el Estado para afrontar la pandemia, igual que otros bonos, no llegó a los productores, sumado todo a factores políticos como la desactivación del Consejo Nacional del Café** y los factores climáticos que ya han ocasionado estragos en la producción de este grano.

Un trago, sin duda, muy amargo.

**Consejo Nacional del Café, organismo encargado de identificar, analizar y proponer el marco legal y los lineamientos de política, para el corto, mediano y largo plazo, para el desarrollo de la actividad cafetalera.